Puerto Sánchez, junto a las barrancas del imponente Paraná.
Sobre una barranca del majestuoso Río Paraná, un barrio de casitas agrupadas luce su particular atractivo, desde él se pueden apreciar, con el amanecer, espineles, redes, canoas, y la estampa de pescadores, aquellos hombres fuertes que, durante su vida entera en muchos casos, con cotidiana ilusión, dan comienzo a una laboriosa, y no siempre fructífera, jornada.

Puerto Sánchez, allí, donde historia y paisaje se unen, una comunidad lucha cada día por su subsistencia, por la recompensa de un río que derrocha generosidad, pero que no por eso deja de acarrear sus obstáculos.
Surgen los sabores del río, a través de un mercado de pescado fresco, y de varios locales gastronómicos, con platos en los que el pescado es protagonista, con empanadas, y diferentes especies, fritas o a la parrilla, que conforman la tradición costera; un espacio que los paranaenses con orgullo recomiendan al visitante.

Para descubrir este lugar tan peculiar, acudimos a la obra “Mujer de la costa. Dominga Ayala de Almada”, la autobiografía de una mujer cuya vida estuvo ligada al río, siempre; durante su infancia, a orillas del Río Uruguay, cerca de la ciudad de Colón; y desde sus ocho años en adelante, en Puerto Sánchez, a orillas del Río Paraná.
Además de su eximio relato, el libro incluye fotografías, poemas y letras de canciones, de su autoría, y de compositores que se inspiraron en ella y en ese bellísimo paisaje que constituye Puerto Sánchez.
Un recorrido desde lo emocional, que nos hizo entender la idiosincrasia de los ribereños, su lealtad al río, y esa infinita esperanza que les va marcando el camino.

Doña Dominga había nacido en Colón -a casi 270 km de Paraná-, en 1932. Cuando tenía ocho años, sus padres decidieron mudarse a la costa del Paraná, junto a sus ocho hijos. Lo hicieron en una precaria embarcación, pasaron por muchos pueblos y colonias, y a los dos meses de la partida, luego de superar enormes dificultades, arribaron a Paraná, y se ubicaron en “Puerto Sánchez”.

Luego de unos años, su familia decidió emigrar a la provincia de Buenos Aires; sin embargo, el destino de Dominga ya estaba trazado, y se quedó para siempre en Puerto Sánchez, donde formó su propia familia junto a Don Martín Domingo Almada: “Un pescador y sabedor de casi todo lo concerniente al río, costas, islas y montes. Fue el padre de mis tres hijos biológicos, aunque después le sumamos otros del corazón”.
Hombres que curtió el río, valerosas mujeres;
al destino estas vidas le buscaron la vuelta,
y pudieron crecer humildes alegrías
como arbustos tenaces entre piedras.
(Marcelino Román, “Rincón de pescadores”)

En el capítulo “Puerto Sánchez”, la autora realiza una descripción pormenorizada del lugar, que debe su nombre a Don Pedro Alcántara Sánchez, procedente de Alcaraz -distrito que pertenece a la ciudad de La Paz-; arribó allí en 1900, y falleció en 1938.
«No hay mal tiempo, ni viento, ni excusas. El que no sale a pescar, no come y saques mucho o poco, ese será tu día. Más allá de lo económico, la vida del pescador tiene más momentos lindos que duros y la tranquilidad que se siente, sobre todo en la zona de islas, es impagable».
(Miguel López, nieto de uno de los fundadores de Puerto Sánchez,
y desde hace más de 30 años, pescador)

Palabras de Doña Dominga: “Aquí donde el río Paraná insinúa una pequeña ensenada y el bulevar Francisco Ramírez tiene su norte, al pie de la barranca, se halla emplazado un rinconcito de pescadores llamado Puerto Sánchez”.
Me voy detrás de tu grito,
Pescador de mi Paraná,
Cuando en tu alambre levantes
El alba que sueño, volveré a cantar.
(Héctor Deut, “Puerto Sánchez”)
En tiempos en que la protagonista llegó al lugar, los pobladores eran relativamente pocos; las viviendas, ranchos de barro con techos de paja; la gente vivía de lo que el río, y las islas, le proveían. Entre las actividades, era frecuente la parada de rodeo, en esa instancia se bañaban, vacunaban, señalaban y castraban animales de distintos propietarios; también se amansaban caballos salvajes.

En el área forestal, se deforestaban espinillos, se preparaba la tierra y se reforestaba con nuevas especies vegetales; pero esta experiencia no resultó, debido al comportamiento del río. Hoy se conservan los árboles autóctonos: aliso, ceibo, curupí, laurel, sauce, entre otros.
El principal recurso era la pesca. Algunos vendían el pescado en forma particular; otros lo entregaban a los palenqueros, que recorrían la ciudad con la palanca al hombro, ofreciendo su mercadería.
Canto a Pedro Pescador
El que todas las mañanas,
Sin importarle si llueve,
Hace frío o hay escarcha,
Con su canoa de pobre
Corta viento y marejadas,
Tejiendo un sueño en el aire
Mezcla de pez y distancia…
(Edgard Monteañares, “Hombres de estas tierras”)

Había personas que desarrollaban tareas de carpintería y construían canoas con sus respectivos remos; utilizaban madera de cedro o timbó. Y las personas mayores, se dedicaban a las artesanías, como tejido y remiendo de redes.
Todo implicaba un gran sacrificio, por ejemplo el traslado de los hijos a la escuela; la iluminación que se concretaba con un candil que se hacía con grasa de pescado, o un farol a kerosene. Se bebía agua del río, que dejaban asentar en un tacho grande. La ropa se lavaba en el río.

Más allá de lo mencionado en el párrafo anterior, Dominga cuenta que también había un tiempo para la diversión. Se compartían festejos navideños, de cumpleaños y casamientos; se bailaba chamamé, ranchera, vals, entre otros géneros. Jineteadas y cuadreras se llevaban a cabo. Y con un dejo de nostalgia, la autora expresa: “Con el tiempo todo pasó a ser recuerdo”.
Sé que sos caminadora,
Chamarra de mis amores,
Arrímate a Puerto Sánchez,
Alegrá a mis pescadores…
(Dominga Ayala de Almada,
“Chamarra de mis amores”)

Un aspecto relevante para quienes viven en estos sitios es la problemática de las inundaciones. Dominga confiesa que nunca sintió gran preocupación por el ascenso del río, que era regular entre los meses de noviembre y marzo; no obstante, recuerda en principios de la década del 80, una suba que perduró prácticamente un año, cuando los vecinos intentaban en vano diversas estrategias para protegerse, como la construcción de un terraplén. Muchas familias, en esa instancia, fueron trasladadas a espacios seguros, pero ella y su familia optaron por quedarse y plantaron un refugio precario en una explanada que formaron en la barranca.

Varios capítulos de “Mujer de la costa” ha dedicado Doña Dominga Ayala a contar a sus lectores sobre la fuente de inspiración que vida y paisaje de Puerto Sánchez han constituido. Poetas, músicos, pintores y escultores, han creado su obra desde ese extraordinario lugar paranaense. Y se enorgullece ella en enumerar hermosas letras que vieron la luz a partir de la pluma de tantos artistas que se comprometieron con la música de Entre Ríos; y el vínculo que a través de los años fue generando con algunos de ellos.
Sobre Puerto Sánchez la tarde se acuesta,
El río fondea su último color
Y quiebra el silencio como una protesta
El remar crujiente de algún pescador.
(Polo Martínez, “La barca encostada”)

Marcelino Román, Juan L. Ortiz, Polo Martínez, Linares Cardozo, Jorge Méndez, Rubén Cuestas, entre muchos artistas entrerrianos, dedicaron versos a este lugar y lo enaltecieron aún más de lo que todo él representa.
Primeramente recordamos la emblemática “Canción de Puerto Sánchez”, del poeta y cantor entrerriano Jorge Méndez, recientemente fallecido -12 de octubre de 2025- a los 83 años en Paraná, ciudad en la que había nacido en 1942. Un chamamé que constituye un profundo homenaje al pescador, a los gurises, al paisaje, al alma de Puerto Sánchez.

En segundo lugar, hacemos referencia a la obra del Profesor Rubén Manuel Martínez Solís -conocido artísticamente como Linares Cardozo-, quien además de pinturas alusivas a Puerto Sánchez y su gente, escribió “Canción de cuna costera”.

Nuestra escritora cuenta en el capítulo “Mi pequeño mundo” que Don Linares Cardozo solía arribar a Puerto Sánchez con sus materiales de pintura, ya que le gustaba reproducir aquel eximio paisaje, natural y humano. Tuvo ella la oportunidad de conocerlo; frecuentemente visitaba a su familia. Viendo el poeta, cómo esa madre abnegada quitaba la corteza a varitas de sauce para fabricar una cunita, las unía para formar un respaldo y el enrejado donde ubicaba un cuerito de oveja sobre el que dormiría su niño, se inspiró y el mágico resultado fue “Canción de cuna costera”.

Una gran alegría le generó a Dominga Ayala descubrir en el libro “Júbilo de esperanza” un fragmento en el que, al hablar de la “madre costera”, el poeta mencionaba su nombre, junto a una descripción colmada de elogios, y pedía que alguna vez se le rindiera homenaje por todos sus méritos. Palabras de Linares Cardozo:
“Vinieron los hijos; Dominga, como de costumbre guapeando afanosa, dulce y cordial, con una generosidad y disposición humana a toda prueba; madre y hermana de todos. Madre fue también de algunos isleritos, que en la orfandad se quedaron en la soledad islera”.
Yo te contemplo, Dominga,
Con tus ojos color cielo
De Linares florecidos
Más allá de lo terreno.
Meciendo en tus toscas manos
La piel suave del pequeño
Al resplandor de la luna
Que baña tu rancho islero…
(Marta Grimau, “Madre costera”)

Cuando falleció su esposo, y su hijo menor se fue a estudiar, Dominga se inscribió en un Programa de Alfabetización Federal para Adultos. A los 59 años pudo completar su escolaridad básica. Enseguida se relacionó con personas que trabajaban por la cultura, hasta que en algún momento conoció a la entonces directora del Museo de Ciencias Naturales y Antropológicas “Profesor Antonio Serrano”, de la ciudad de Paraná, quien en el marco de los festejos del día de los museos la invitó a participar por medio del relato de sus experiencias de vida, tan intensas y conmovedoras. Además, pudo concurrir a un taller de cerámica que se efectuó en Puerto Sánchez, en el que aprendió a fabricar piezas de barro, por un lado; y conoció la historia de los pueblos originarios, por otro.
Para su compañero de vida, este emotivo poema, luego de su partida:



Mucho abordó Dominga en esta obra, lo inherente a la construcción de un rancho, a las leyendas de la región, a la sabiduría popular, al mate, a las hierbas medicinales, a la flora y la fauna de la provincia. Una exquisita gama temática que enriquece a cada lector que tome un ejemplar de su autobiografía.
Por último, sería imposible que Dominga no estableciera una comparación entre aquel Puerto Sánchez que ella conoció, y este presente, con todas las peculiaridades de estos tiempos, tan disímiles a los que ella, su familia, y tantas generaciones han transitado.

Pescador del Paraná
que esperas piques de sueños
mientras el río se lleva
tu pulso de guitarrero.
Yo te he visto en la alborada
con carnadas y aparejos
y un silbido entre los labios
que te sigue como perro…
(Irma Lacroix – Horacio Guarany)
La autora explica que hoy no todos los lugareños son pescadores; algunos tienen pescadería, otros, locales gastronómicos; y hay quienes viven de trabajos urbanos, como empleos en entidades públicas, en la construcción, etc.

Los pescadores tienen lanchas; los espineles son de polietileno; las redes se compran tejidas; el pescador entrega su mercadería en las pescaderías; hay acopiadores que se trasladan en lanchas hasta los pesqueros más distantes. Han desparecido algunas especies, como el pacú, la corvina, el mangurullú. También el río ha modificado su comportamiento, crece y baja en cualquier época del año; y las tareas en las islas son muy pocas.

Reconoce Dominga algunos avances, como el agua corriente de red y el alumbrado público; la presencia del Monumento al Pescador, de Eduardo Gericke. Se fueron construyendo casitas sobre pilotes de quebracho colorado; se amplió el terraplén, consolidado por gaviones de piedra mora, se lo asfaltó luego. Se fabricó el borde costero, que comunica Puerto Sánchez con el morro y Puerto Nuevo, en forma peatonal.

Ahora, con todos estos cambios, que responden a las características de este presente, Doña Dominga aclara: “Un Puerto Sánchez remozado sin perder nuestra identidad entrerriana”.
Para finalizar…
Puerto Sánchez, si tuviéramos que elegir una expresión que definiera este pintoresco barrio paranaense, sería imposible, simplemente porque hay miles: El Paraná sublime, protagonista de un paisaje único, inmejorable; el tesón de su gente, la abnegación del pescador, la firmeza de su familia que no se rinde; la solidaridad puesta de manifiesto cada día en gestos interminables; la aceptación de un destino, ya que cada quien ha hecho, y hace, lo que sus posibilidades le permiten, y más, seguramente; permanecer, la acertada decisión de Dominga Ayala y de Domingo Almada “siempre remando, remando…”
En ese sagrado lugar, han aprendido todos cada lección que el río se empecinó en enseñarles; niños, jóvenes, adultos, ancianos, han sabido construir su vida, que es la vida de una comunidad que, adaptándose a lo que el tiempo en su devenir propone, sigue su lucha.
Seguramente el Paraná tiene historias inigualables, en todo su cauce, pero nos da la sensación de que más especiales aún son las de Puerto Sánchez.
Agradecimientos:
Al Lic. Roberto Alejandro Jara, quien a través de su proyecto nos permite conocer estos bellísimos lugares de nuestra provincia; a la Lic. Hilda Villalba, nuestra guía en la ciudad de Paraná, quien compartió con nosotros valiosa información; a Pablo Russo, de 170 Escalones, cuya gestión hizo que pudiéramos reunirnos con la obra “Mujer de la Costa. Dominga Ayala de Almada”.
Texto y selección de fotografías: Prof. Nélida Claudina Delfin





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