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7 de mayo de 2021

revistaalmas.com

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Los miedos de la primera infancia pueden afectarnos toda la vida

La atención de los niños desde la concepción y durante la primera infancia, que llega hasta los 7 años, se considera crucial para toda la vida. Si bien, por supuesto, toda la infancia y la adolescencia debe ser cuidada por los adultos, se sabe hoy que estos primeros años son los más influyentes en la estructura mental de la persona en relación con el pensar, sentir y hacer en su vida. Los miedos, los complejos, la autoestima tienen un fuerte componente de lo vivido durante esos años. En este artículo expondremos (una primera parte) voces de quienes han estudiado el tema durante muchos años en diferentes culturas.

Las improntas de la niñez

Los adultos asocian objetos, ambientes o personas con situaciones emocionales vividas en la infancia.

Dedicado en los últimos años a la investigación sobre neurociencias junto a un equipo de especialistas, Jürgen Klaric dice que “las improntas son aquellas experiencias y emociones que nos han provocado personas o ambientes en nuestra vida de forma contundente, sellan nuestro cerebro. Son huellas que nos hacen ser quienes somos de adultos.” Pero estas improntas, que pueden sumarse durante toda la vida, se fijan en un 80% más en esos primeros años de vida. Los estudios muestran cómo se asocian los objetos a las emociones y percepciones de los sentidos.

Por ejemplo, una vez una mamá compró un paquete de lentejas que tenía un fuerte olor a perfume. Seguramente se le habría mezclado al vendedor. Cocinó las lentejas y obligó a su hija de 6 años (que no quería comerlas por el fuerte olor)  amenazándola con  fuerte castigo si no lo hacía. Ahora es una adulta de más de 70 años a quien durante mucho tiempo no le gustaron las lentejas y, aunque recobró el gusto por esta legumbre, hasta hoy odia todos los perfumes. Eso es una asociación negativa. Pero, por supuesto también existen muchísimas asociaciones positivas que provocan en nosotros atracciones de personas, objetos, ambientes donde para otros no existen.

Los miedos de los niños y los cuidados que necesitan.

Los brazos del adulto son el mejor refugio
para superar el miedo.

Un estudio muy interesante fue realizado hace unos años por el filósofo y antropólogo Roberto Pérez, quien indagó en varias antiguas culturas y observó el problema de cómo los miedos influyen en la edad adulta. Por este motivo se le dio una gran importancia en aquella época a su estudio y tratamiento. Lo interesante y curioso es que, en la actualidad, investigaciones avanzadas sobre neurociencias dan crédito a estas afirmaciones descubiertas hace siglos . En la sistematización de este estudio, las antiguas culturas establecieron cuáles son las etapas de la vida y qué miedo gobierna en cada una de ellas.

Dice Roberto Pérez, el miedo que gobierna desde que el niño nace hasta los 7 años (primera etapa) es el de la DISTANCIA, este miedo no es otro que el miedo al abandono, por eso es tan importante que nunca se deje al niño solo. Ellos sienten que cuando papá y mamá o los abuelos se van, no van a volver nunca. Es un miedo natural pero que debe ser cuidado lo suficiente para que no se trasforme en un hecho tan traumático que afecte su vida posterior. Dice además que, para que este miedo esté debidamente cuidado es necesario la PRESENCIA del adulto cualitativa y cuantitativamente”. Es decir permanecer el mayor tiempo posible y que sienta que tiene la atención del adulto.

En esta etapa el elemento más placentero y tranquilizador para ellos es el agua. Por eso les gusta el baño, los charcos, jugar al carnaval, las canillas, mangueras y todo lo que les permita sentir el contacto con el líquido.

Es fundamental también que las mamás sepan que para un niño, desde que nace y hasta los siete años, el tiempo no es igual que para un adulto. 5 o 10 minutos de una persona mayor para ellos mentalmente son muchas horas. Por eso es importante que jamás se deje a un niño de jardín o primer grado después de hora. Tampoco debe el padre dejar esperando al niño en la escuela, porque cuando todos se van y su mamá o un familiar no aparecen a buscarlo, aunque hayan pasado 15 minutos, él siente que pasaron horas. A veces este miedo lo manifiesta en forma de llanto o enojo pero aunque no manifieste ninguna de estas conductas el sentimiento igual existe. La sensación de abandono puede transformarse en un miedo mayor que el normal y provocar una situación de estrés.  La separación familiar prolongada, o si se repite en el tiempo, tiene efectos adversos duraderos porque ante el miedo aumenta el estrés y el cuerpo produce una sustancia denominada cortisol que en grandes cantidades puede provocar serios problemas físicos y mentales.

Para detectar la existencia de miedos los padres deben prestar atención por ejemplo a la aparición de algunos apegos de los pequeños a personas, mascotas u objetos. Si bien los apegos se observan como manifestaciones de cariño pueden ser un indicio de la falta de seguridad que le genera un miedo. Hay situaciones extremas como la desaparición o muerte de la madre o el padre, u otro familiar querido, y el niño permanece con un objeto del ser querido que ya no está. Pero con el tiempo ese sentimiento debe naturalmente aceptarse sin presiones. En otros casos, y en situaciones aparentemente normales, se observa que el bebé o niño tiene un solo objeto de preferencia y ante la falta de él inicia una crisis de desesperación y llanto. Es el momento en que el adulto debe observar cuál es el miedo, relacionado con qué situación que le despiertan el temor a la distancia y al abandono; luego, con paciencia y sobre todo con presencia de calidad se apuntará a resolver esa cuestión que genera el miedo.

Qué hacer cuando a un niño se le muere un familiar o una mascota.

Los niños tienen una conexión muy especial con sus mascotas.

Es en estas situaciones donde el niño experimenta más fuertemente la sensación de abandono o de distancia, dice el antropólogo Roberto Pérez. Son momentos complejos y los adultos deben atenderlos, escucharlos, saber qué les está pasando. En la medida que el adulto los escucha puede disolver su miedo, no se trata de hacer una teoría del cielo (como hacen algunos mayores, o decirles que el abuelo o el familiar está en algún lugar u objeto presente en la casa, porque así podríamos incrementar sus miedos agregándole fantasmas a esa sensación de abandono) si no, simplemente, de escucharlos para que hagan el duelo que tienen que hacer. La muerte de cualquier persona que convive con el niño o con la que tiene un encuentro periódico y fuertemente afectivo, debe encender nuestra capacidad de escucha atenta y de respuesta coherente. En este caso es conveniente devolver las preguntas cuando el niño las haga (Ej. ¿Dónde está la abuela?; la respuesta sería ¿Dónde crees que está?). Otra forma de acompañar al niño en su duelo es dejarlo que dibuje o escriba al ser querido y guarde en algún lugar como recuerdo de su relación. También, a un gatito o perrito que se murió no se lo reemplaza al día siguiente. Tenemos que ver qué le está pasando, que está sintiendo, qué interrogantes tiene y dejarlo llorar si lo necesita. Así se ayuda a disolver el miedo. Porque cuando no se disuelve ese miedo, este se instala dentro dentro del ser humano. Por lo general, cuando estos miedos quedan en el inconsciente de la persona, y pasados los años, cuando sean mayores, deberán trabajar con un sicólogo para hacer esa tarea que no se hizo con el niño.

La separación de los padres y el miedo a la distancia.

Para que el miedo a la distancia en esta etapa no se consolide en el interior de la persona, el tratamiento de la separación entre los padres debe resolverse con el mantenimiento de una adecuada presencia de los dos adultos. El pequeño debe entender que sus padres se separaron entre ellos pero no de él. Adecuada significa que la presencia sea no solo en cantidad de tiempo, sino y, fundamentalmente, en calidad de atención. Debe sentir que es mirado, atendido y querido por esos adultos.  Cuando se habla de calidad es que el adulto no esté con el celular o leyendo el diario, que comparta con todos sus sentidos el momento con el niño. Muchas veces sucede, en estos tiempos, que las madres y los padres o quienes están con ellos van al parque, al cine, a la playa pero cuando comparten el momento cada uno hace lo suyo y eso está lejos de ser una verdadera presencia.

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Los niños sienten cuando toda la atención está puesta en ellos y esto aleja los miedos.

Cuando falta el padre, la madre o los dos por diferentes circunstancias de la vida quien asuma esa responsabilidad deberá prestar igual atención y cuidado al tema del miedo a la distancia. Si el niño se siente seguro, contenido y querido este miedo podrá quedar debidamente disuelto al finalizar esta primera infancia.

Los miedos afectan la inteligencia de los niños.

La inteligencia no es algo fijo, además de haberse determinado que existen varias inteligencias, el Dr. Mario Alonso Puig, quien hace años estudia el tema, explica que cuando se daña la parte emocional se está dañando también la parte cognitiva, es decir, la de los procesos mentales que involucran la percepción, la memoria y el lenguaje. Muchas veces, los miedos, las situaciones externas quitan estabilidad interior, provocan estrés físico y mental y hacen que aumente el cortisol en el cuerpo. Cuando el cortisol llega al cerebro puede ocasionar que el niño no pueda memorizar. Cuando se produce en altas cantidades puede afectar el hipocampo que, no solo impacta en la memoria a largo plazo sino también en el control del pánico que procede del centro del miedo en la amigdala (1). En esta situación el niño pierde el entusiasmo.  Cuando se estudia la neurociencia afectiva se observa que una persona que perdió el entusiasmo, el ánimo, que está desilusionada, desesperanzada, que se siente impotente, no tiene el mismo riego cerebral en la corteza prefrontal y esto afecta capacidad para aprender.

Cuando los niños están felices aprenden con mucha rapidez.

Cuando el niño está entusiasmado, animado y principalmente siente que su entorno es seguro aumenta el riego sanguíneo en el cerebro, empieza a ver con más claridad, empieza a ver con más foco, aprende más de prisa, es más creativo. También se ha visto que aumenta la neuroplasticidad, esto quiere decir que las neuronas se conectan más entre ellas y, es fundamental, porque neuronas más conectadas hacen que tenga más capacidad de resolver problemas y desafíos. Además mejoran los niveles de dopamina que le dan un sentido de curiosidad y de exploración. (En próximos artículos de esta revista se tratará qué cuestiones mejoran o limitan la inteligencia en los niños).

Cómo educamos en límites y normas a esta edad.

Hasta los siete años, explica Pérez, los niños necesitan de límites y normas fundamentalmente con firmeza. Lavarse los dientes, juntar y ordenar sus cosas, tirar la basura en los cestos, comer sano, entre otros hábitos que deben indicarse con firmeza y sin muchas explicaciones. Porque a esta edad para el niño la autoridad tiene un valor en sí misma. También los premios y castigos, no físicos, son útiles para que el niño tome conciencia e incorpore el límite y la norma como algo beneficioso en su vida. El sentido que gobierna en esta etapa es el gusto. Por eso, la incorporación de alimentos sanos es fundamental porque podrá incorporar en su inconsciente que lo que le gusta no siempre le hace bien y que, a veces, lo que no le gusta es bueno para su salud. Además, es muy importante el acuerdo entre los adultos sobre los mensajes que les dan y no contradecirse entre ellos; ni que uno quite autoridad al otro, porque allí el niño pierde la seguridad necesaria, no responderá a los límites ni respetará ninguna norma. La firmeza de los adultos en los límites es perfectamente percibida por los chicos pero también las inseguridades.

Cómo repercute en la edad adulta este miedo al abandono.

Los niños que no logran disolver este miedo, que existe en la edad que va desde el nacimiento hasta los siete años, por lo general lo mantienen en su interior en todas las etapas de la vida, siempre y cuando no lo tratan adecuadamente con ayuda psicológica.  Este miedo afecta a su mundo de relaciones familiares, de pareja, laborales o con amigos. Es muy típico la aparición de celos desmedidos, justamente por este miedo al abandono, no solamente de la pareja, sino también el temor de que lo abandonen los amigos, los colegas y cualquier persona que entable una relación con ellos. Otro síntoma es el requerimiento de atención de forma permanente. Quien necesita llamar la atención casi todo el tiempo seguramente, casi todo el tiempo de su primera infancia sufrió distintas formas de abandono.

Se puede tener hijos pero no siempre se puede ser madre o padre. Quizás sí biológicamente, pero la responsabilidad es fundamental para que ese título sea una realidad.

(1)La amígdala No se refiere en este caso a la que se encuentra en la garganta, sino a la estructura subcortical situado en la parte interna del lóbulo temporal medial del cerebro, tiene un parecido con la forma de una amígdala. Este elemento posee conexiones con la gran mayoría del encéfalo, siendo un núcleo de especial relevancia que puede afectar al conjunto del sistema nervioso y en la funcionalidad del organismo.

En próximos artículos continuaremos con las otras etapas de la infancia, los miedos, el acompañamiento y las sugerencias para los padres o tutores, siguiendo autores como el filósofo Roberto Pérez; el Psiquiatra Thomas Trobe con su libro De la codependencia a la libertad, Cara a cara con el miedo, quien escribió sobre impactos emocionales que generan los miedos más limitantes en la edad adulta y cómo superarlos; el Dr. Mario Alonso Puig quién ahondó sobre las emociones y su relación con la inteligencia, El Psicólogo Daniel Goleman y su libro Inteligencia emocional, entre otros.