En Entre Ríos, un pedazo de historia colonense

Liebig es un pueblo pintoresco, ubicado en el Departamento Colón, en la provincia de Entre Ríos, a orillas del Río Uruguay, que une a su encanto natural una rica historia vinculada con la carne vacuna, los saladeros en primer lugar, y la fundación de la Liebig’s Extract of Meat Company Limited, en segundo lugar, con un método innovador para la conservación del extracto de carne, el Corned Beef, desarrollado por el químico alemán Justus Barón Von Liebig. Se encuentra esta localidad a 10 km, aproximadamente, de la ciudad de cabecera del departamento homónimo, y se accede a él desde la Autovía Nacional 14; es hoy un municipio del Distrito Segundo de Colón. El Gobierno de la provincia dispuso que se convierta en Municipio a partir del 11 de diciembre de 2019.

El compromiso con un pasado que es digno de dar a conocer
Para conocer la historia de La Fábrica, acudimos a la localidad y participamos en una visita guiada, a cargo del Guía de Turismo y Museólogo Néstor Fabián Berger, en la que recibimos información, histórica y técnica, que incluía un recorrido por la antigua fábrica, con las indicaciones respectivas sobre lo que en cada espacio se realizaba. Consultamos, además, una obra prestigiosa de Ignacio Ismael Barreto, hijo de este pueblo al que vio crecer, y que había nacido en el año 1924, y fallecido en 2019, que se titula “Liebig’s fábrica y pueblo”. Y el video “Liebig en primera persona”, con testimonios enriquecedores sobre personas que trabajaron en la fábrica.

La empresa saladeril
Hacia finales del siglo XIX, luego de que el Gral. Justo José de Urquiza fundara la ciudad de Colón, cabecera del departamento homónimo, un pequeño saladero reunía a su alrededor un poblado precario, que se constituyó en el precursor de Pueblo Liebig. Recordemos que los saladeros tuvieron su auge durante el siglo XIX debido a la necesidad de consumir la carne salada como forma de conservación.
“Seguramente, que en muchas partes del mundo, hay pueblecitos con características tan peculiares que les confieren un sello de individualidad, haciéndolos inconfundibles. El mío… es uno de esos pueblecitos”.
(Ignacio Ismael Barreto, “Liebig’s fábrica y pueblo”)

El procedimiento de la industria saladeril era sencillo. Una vez sacrificado el animal, se extraían las vísceras y se lo desollaba, se separaba la parte muscular del esqueleto. La carne se trozaba en tiras largas, se oreaban y se las ubicaba luego en grandes cubas de madera para bañarlas en salmuera. Se escurrían después para desprenderles el exceso de líquido, y se apilaban en sucesivas capas de carne y sal, hasta una altura de cuatro metros. Esta operación de apilar se repetía varias veces, cambiando de posición los trozos de carne, y agregando en la parte superior cuerpos pesados, que actuaban de prensa para hacer destilar el líquido restante.

El secado al sol duraba casi cincuenta días, y se efectuaba deshaciendo las pilas y tendiendo las mantas de carne en una superficie de bastidores. Al finalizar el proceso, el tasajo se envolvía en arpilleras para luego ser embarcado.

El surgimiento de la Fábrica y del Pueblo
A partir de la llegada de Liebig’S, en el año 1903, la compañía se propuso modernizar el saladero, y lo que había sido una actividad artesanal, con poca tecnología, se transformó en un sistema industrial. Desde ahí fue otro el aprovechamiento del animal, y lo más importante fue la elaboración de Corned Beef, un extracto de carne, que había sido inventado por el químico alemán Justus von Liebig, y que permitía encerrar el valor nutritivo de la carne en una lata.
Nuestra infancia fue muy feliz.
Vivimos decentemente.
Liebig era un paraíso
Fuimos ricos… siendo pobres.
Teníamos amistades
Sencillas pero únicas,
No había mayor valor
Que la palabra de honor.
Y era entonces… valedera…
(Ester Izaguirre de Arlettaz, “Pueblo Liebig”)

Por el alto costo de la carne en Europa, y por la cantidad que se requería para la producción del extracto, la elaboración en Sudamérica era mucho más viable.
Capitales ingleses adquirieron el patentamiento e instalaron sus fábricas en diferentes lugares del mundo, en la ciudad de Colón, a orillas del Río Uruguay, entre otros. En su entorno nació Pueblo Liebig, ironías de esas que en la vida abundan, el profesional alemán jamás pisaría estas tierras.

Calles simétricas, casas de ladrillo, clubes sociales y espacios recreativos, fueron los elementos que formaron parte del diseño de esta localidad, que fue el símbolo del progreso.
Ignacio Ismael Barreto acudió a una valiosa documentación durante todo el proceso investigativo que lo llevó a la escritura del libro. Y confesó toda su emoción al encontrar en los registros del personal el nombre de su abuelo paterno, de su padre, de sus tíos y de sus hermanos mayores.

La planta, instalaciones y procedimientos
En cuanto a la planta, contaba desde sus inicios con todo lo más avanzado en instalaciones y equipamientos, y durante todo el tiempo se le iban sumando nuevas máquinas, procesos y productos. Desde el comienzo, catorce calderas trabajaban con carbón de piedra importado de Inglaterra, traído hasta los mismos muelles de la empresa en buques de ultramar; estas calderas consumían leña que era trasladada por tren hasta la estación de Liebig; generadores de energía eléctrica, con turbinas de vapor; bombas de agua; gasógenos; compresores para cámara de frío; fábrica de hielo; talleres mecánicos, de electricidad, de fundición, carpintería, hojalatería; fábrica de clavos y abrelatas; y un sistema de desagüe que se compartía con el resto del pueblo. Además, un laboratorio de investigación, ya que más allá de la producción de carne envasada, se buscaba mejorar la raza bovina y las pasturas.

«Todos se irán, tú quedarás viviente.
Tú encendiste la vida.
Tú hiciste lo que es tuyo».
(Pablo Neruda, “El pueblo”)

La compañía se aseguró siempre de un fluido abastecimiento de materia prima, con la indicada existencia de ganado en sus campos de invernada. La fábrica estaba preparada para una industrialización diaria de hasta 1400 cabezas. Y hasta 3500 obreros ocupados formaban parte del personal, entre hombres, mujeres y niños, durante seis meses consecutivos. Estos números hicieron que esta empresa fuera conocida como “la cocina más grande del mundo”.

Según testimonios de algunos ex-empleados de la fábrica -que pudimos observar en el documental audiovisual “Liebig en primera persona”- los trabajadores, durante los primeros años de funcionamiento de esta entidad, no gozaban de determinados beneficios, como el cobro de horas extras, las vacaciones anuales, tampoco disponían de la indumentaria y el calzado de trabajo adecuado. Recién a partir de la participación de los gremios se fueron firmando convenios y muchos aspectos se fueron regularizando.

Los pueblos vecinos vivían de la empresa, incluso personas de nacionalidad uruguaya cruzaban el río para concurrir a trabajar. Tenía un reconocimiento a nivel internacional, ya que, miles de soldados en la Primera Guerra Mundial fueron alimentados con las latas de Liebig, por su gran cantidad de proteínas y vitaminas. Con esa finalidad, tres muelles fueron construidos, puesto que desde la fábrica, que tenía salida exclusiva al río Uruguay, se podía embarcar el producto directamente hacia Europa.

La Manga, el paso de los animales y la división del pueblo
Respecto del traslado del ganado que procedía de otras localidades, según las distancias, se realizaba por arreo o en tren. En este último caso, de la estación era llevada la tropa hacia la balanza, y de ahí, al frigorífico a través de una gran manga, de unos 800 metros de largo, que dividía al pueblo en dos partes. Un sector se denominaba “el Pueblo”, y el otro, “los Chalets”.

Lindo es mirar las islas. Una callada gente
en cuyos ojos nunca se enturbia el claro día,
atardece en sus costas o cruza con haciendas,
dichosa en la costumbre y en la amargura, digna…
(Carlos Mastronardi, “Luz de provincia”)
Las casas del pueblo, donde vivían los empleados, eran todas iguales, pintadas de la misma forma y color, por lo que resultaba difícil distinguir una de otra; era necesario para ello tomar puntos de referencia. Y los chalets, típicas construcciones inglesas, rodeadas de jardines, que solían tener hasta ocho habitaciones y cinco baños, estaban reservados para gerentes y personal administrativo.

Un trabajo por temporadas
Enormes dificultades acarreaba el hecho de que la fábrica de carnes conservadas trabajaba por temporadas, que variaban según la demanda, con períodos de cinco o seis meses; venía luego un receso que implicaba la búsqueda de nuevos trabajos para la subsistencia familiar, ya que lo que se ganaba durante cada etapa no era suficiente para cubrir el resto del año.

La vida hogareña
Enumera Ignacio Barreto en su obra las tareas que en los hogares de esos años se realizaban para mejorar la economía de la familia: zurcir la ropa, arreglar los zapatos, hacer el pan, armar una quintita, lavar toda la ropa a mano, etc. Inició él su vida laboral con tan solo doce años, recordaba siempre el placer que le generaba levantarse temprano, tomar mate amargo con su papá, un mecánico que toda su vida había trabajado en la fábrica, y concurrir juntos al trabajo, su papá a los talleres, y él a desempeñar su tarea de mensajero.
Para el amor, Entre Ríos
y Entre Ríos para el canto,
Entre Ríos en el llanto
y en la alegría, Entre Ríos.
Únicamente Entre Ríos
para nacer y vivir,
en Entre Ríos sentir
el pulso fiel del hermano
y con orgullo entrerriano
en Entre Ríos ¡morir!
(Jorge Enrique Martí, “Destino”)

El ocaso del gigante
Una vez que finalizaron los conflictos bélicos, la caída de este imperio industrial fue inminente; dejaba de existir la demanda necesaria para alimentar a semejante cantidad de soldados, el consumo nunca sería el mismo, por un lado. Y por otro, los cambios en relación con los métodos de conservación de la carne redujeron la necesidad del sistema de enlatado. Así, a mediados de la década del 70, la empresa cerró sus puertas. Fue comprada por empresarios nacionales que intentaron recuperarla, pero los resultados no fueron los esperados, finalmente fue desmantelada.
La vida de muchos liebileños ya no sería la misma. Una profunda congoja reflejaban los rostros de quienes, con voz quebrada, expresaban todo su pesar al recordar el momento del final. (Observación a partir del documental «Liebig en primera persona).

Ya no se oye el ajetreo de gente.
Ya no se ven animales peleando por pasar.
Ya no se siente la emoción de ir a la fábrica a trabajar.
Ya no se abrirá la tranquera de la manga para pasar.
Ya no se huele el humo de las chimeneas.
Ya no se verá a pescadores aprovechando el remolino
De pescados grandes en la boca de “el túnel”.
¡Cuánta riqueza!, ¡Cuántos recuerdos! Queridos abuelos…
(Claudio Martínez, “Liebileño soy”)

La nueva realidad
Mientras la empresa británica operaba la fábrica, el pueblo era de su propiedad. Donó las viviendas al momento de su partida y se formó ahí la primera Junta de Gobierno Municipal, con los pocos pobladores que se quedaron. Y el pueblo optó por atesorar su historia, la guardó celosamente y hoy la comparte con miles de visitantes, que desean conocerla, estudiarla, difundirla.

Liebig debió reinventarse. Hoy es el turismo una de sus posibilidades, los visitantes pueden recorrer el edificio donde funcionó la Fábrica, conocer su historia, escuchar testimonios de gran valor, transitar la ciudad, disfrutar del paisaje que el soberbio Uruguay ofrece, así como reservas naturales donde apreciar vegetación, aves, especies diversas que completan el colorido espacio de recreación, de contacto con la naturaleza. En síntesis, proyectos culturales, gastronómicos, artísticos, por medio de talleres, ferias, visitas guiadas, permiten llevarse un pedacito de tanta y tan significativa historia.

Desde allá, desde el pasado,
Hay voces que están clamando
Que cosechemos los frutos
De tres pilares dejados:
AMOR, PAZ Y TRABAJO
Que ellos han implantado;
Que redoblemos esfuerzos
Iniciando nuevas siembras,
Exhibiendo nuevos logros,
Glorificando el legado.
(Ignacio Ismael Barreto)
“Capilla del Sagrado Corazón de Jesús”
Entre las postales de Pueblo Liebig, descubrimos la “Capilla del Sagrado Corazón de Jesús”, cuya construcción fue autorizada por el Sr. Kenneth Carlisle, Presidente del Directorio en Londres, a pedido de su esposa, en el año 1948; todos los gastos corrieron por cuenta de la Liebig’s Extract of Meat Company Limited.
Si bien la presencia de personas de nacionalidad británica trajo consigo la religión anglicana, esta no prosperó en Liebig, quizás por la falta de catequesis, o por el arraigo de lugareños a la religión católica.


“Gruta de Santa Rita”
La imagen de Santa Rita llegó al pueblo el 22 de Febrero de 1970. La responsable de trasladarla, desde la Parroquia del Santo Cristo, Buenos Aires, fue la Sra. Leonor “Titina” Cardoso de Rueda. Fue ubicada en un terreno de la Compañía, cuando aún no se había vendido.

Con el correr de los años, la Gruta se fue embelleciendo, y los devotos fueron aumentando, se hizo así necesaria la ampliación de los espacios para la colocación de placas que los vecinos le ofrendaban como signo de gratitud. Actualmente un Vía Crucis fue ubicado en un sector del predio, obra del Escultor Oscar Rébora, de la ciudad de Gualeguaychú. Cada estación fue donada por grupos de familias y amigos.
Para finalizar…
Pueblo Liebig, caminar sus calles nos conduce, indefectiblemente, a su pasado, a esa historia, que con un gran compromiso supo su gente construir, cargada seguramente hoy de una profunda melancolía, que se niega a desaparecer, por eso la encontramos en el viejo edificio donde funcionó la Fábrica, en la escultura que luce la lata de corned beef, símbolo de progreso y prosperidad de una época; en la réplica de aquella Manga, que ya no existe, pero que dejó huellas imborrables en los habitantes; en el muelle, en las fachadas, en las fotos y en los carteles; en los relatos, tan valiosos como entusiastas, en las conversaciones, como reflejo fiel de la capacidad de un pueblo que pudo adaptarse a las circunstancias, sin renunciar a su esencia, a todo aquello que es parte fundamental de su identidad, a todo lo que el destino había escrito para él.
Agradecimientos:
Al responsable de la visita guiada, el Guía y Gestor Cultural Néstor Fabián Berger, por toda la información y el asesoramiento que nos brindó durante el recorrido por las instalaciones de la fábrica; a Casa Bertoldi Libros, de la ciudad de Colón, por facilitarnos el acceso al material bibliográfico que fue valioso para escribir nuestro artículo.





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