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22 de marzo de 2026

revistaalmas.com

Lee desde otra perspectiva

La historia del instagrammer que peleó durante años contra el bullying

Mi dolor puede ser la razón de la risa de alguien, pero mi risa nunca debe ser la razón del dolor de alguien.
Charles Chaplin

En diarios y revistas de distintas partes del mundo —esas lecturas a las que a veces nos asomamos— aparecen historias que nos conmueven y nos dejan pensando. Al cerrar la página, suele quedarnos una idea dando vueltas: “esto habría que compartirlo, esto merece ser contado”. Tal vez, al hacerlo, podamos aportar un granito de arena para generar conciencia.

Hoy, a poco de comenzar un nuevo ciclo lectivo, creemos que esta historia —no tan lejana, apenas de hace unos tres años— sigue teniendo mucho para decir. Puede ayudarnos a reflexionar, a fortalecer la empatía y a reafirmar valores que nunca deberían perderse. Pero, sobre todo, puede servir como una advertencia frente a las consecuencias, a veces muy graves, de un problema tan serio como el bullying, que en las redes sociales muchas veces se potencia de la peor manera.

“Que cada uno viva como quiera. Todos vivimos como mariposas. Venimos y nos vamos”.

Taha

Es la historia real de un influencer. Se trata de una traducción y, aunque pedimos disculpas porque hemos perdido la fuente original —publicada en otro idioma—, asumimos el compromiso de que, en caso de recuperarla, daremos a conocer el medio y su autor, como corresponde. Mientras tanto, compartimos este relato con el mismo respeto y la misma intención con la que fue escrito: invitar a pensar, a sentir y, sobre todo, a no mirar para otro lado.

Un comienzo humilde y genuino

Taha Duymaz apareció ante la sociedad como un chico tímido, medio chamuscado por la vida, cocinando con lo que tenía a mano: utensilios de plástico, ollas y sartenes con mangos rotos y apenas dos o tres ingredientes en una cocina chiquita. No tenía nada que ver con eso que solemos llamar un “fenómeno”: ni la luz, ni la calidad de imagen, ni sus frases eran llamativas. Pero una vez que empezabas a verlo, no lo podías dejar . Tenía algo muy genuino, muy propio, mucho talento y un entusiasmo que se notaba.

El ser auténtico es el alma hecha visible.
(Sarah Ban Breathnach)


Una infancia marcada por la responsabilidad

Era el hijo menor de una familia de 12 hermanos, nacido en Hatay Yayladağı. Desde muy chico cargó con la responsabilidad de ayudar a su familia a vivir un poco mejor. Dejó la escuela después de cuarto grado y aportaba a la casa juntando latas de la basura y vendiendo tomillo que recolectaba en la montaña. Al mismo tiempo, aprendió a cocinar. A esa edad ya cumplía con lo que la sociedad espera de un “hombre”. Y, sin embargo, muchos se preguntaban: “¿Qué hace un chico así amasando?”

El golpe del bullying en redes sociales

El lado más cruel de las redes sociales le cayó encima cuando sus videos empezaron a circular y a generar unos pocos ingresos. A la presión de su propio entorno, donde ya le costaba encajar, se sumaron las burlas de todo el país. Se reían de su cocina precaria, de su nariz, de su forma de hablar. Denunciaron su cuenta y se la cerraron cuando había llegado al millón de seguidores. Todos vieron su bronca y sus lágrimas en vivo.

La violencia es el último recurso del incompetente.
Isaac Asimov

Resiliencia y crecimiento personal

Pero Taha no era de rendirse. Era un chico que había llegado hasta ahí remándola desde abajo. Siguió creciendo frente a nuestros ojos, sus platos se fueron diversificando. Pasó de hacer postres simples en botellas de plástico a preparar espaguetis de calabaza y hasta sushi. De a poco, también mejoraron sus herramientas. Ya tenía entre 19 y 20 años. Intentó modificar su forma de hablar, la misma que tantos le criticaban. Se hizo una cirugía estética: se operó la nariz y las orejas. Volvió a estudiar y siempre agradecía a sus seguidores: “Gracias a ustedes”.

Tras un tiempo, aprendes a ignorar lo que los demás te dicen y confiar en ti mismo.
(Shrek)

Nuevos contenidos y búsqueda de identidad

A sus videos de comida se sumaron canciones para corazones rotos y rutinas de cuidado de la piel. Y, aun así, nunca dejó de enfrentarse a los comentarios sobre su “masculinidad”. Las respuestas que daba en redes eran directas, sinceras, más maduras que las de muchos adultos. Participó en un programa televisivo llamado “See Me”. Mostró su nueva nariz, que incluso había ocultado a su familia. En un pueblo donde todos opinaban, él fue claro: “La vida es mía”. Y también dijo algo que hoy duele: “No sé cuándo voy a morir, capaz no llegue a grande, capaz me muera a los 19, 20 o 25 años. Al menos déjenme vivirla y ser feliz”.

Publicaciones en su Instagram

Su predicción se cumplió

Tenía razón. El mundo perdió a este chico de alas rotas, que luchó toda su vida contra el bullying y casi no tuvo oportunidad de volar, en un terremoto, justo antes de cumplir 20 años. El día 12 de febrero encontraron su cuerpo entre los escombros. Quedó una historia triste, inconclusa. Y esas palabras que dijo, y que nadie debería decir a los 19: “Que cada uno viva como quiera. Todos vivimos como mariposas. Venimos y nos vamos”.

Todos los hombres mueren, pero no todos han vivido.
(Braveheart)


Adaptación del texto y selección de imágenes: Prof. Sonia Mabel Galeano.