“La Segunda taza de mate cocido, pan casero, queso y miel”

Casi un año ha pasado desde que presentamos “Mate cocido, pan casero, queso y miel”, de la escritora Liliana Raviol, oriunda de Colonia Hocker, en el Departamento Colón, de la provincia de Entre Ríos. Y en ese lapso, mientras la vida seguía su curso, el proceso creativo de la autora continuaba también su andar.

Liliana aún tenía -y sabemos que tiene- mucho por contar, mucho por expresar, recuerdos que se suman, personas a quienes rendirles, a través de sus palabras, un pequeño homenaje, seguramente por la huella que en su recorrido han dejado, anécdotas, etc.
“La tinta de mi lapicera pide papel, las palabras, las letras se amontonan a borbotones. La imaginación corre veloz, una vida escrita en trazos…”
(Liliana Raviol)


Por ello, nuevamente, Colonia Hocker se ha vestido de fiesta para la presentación, de “La Segunda taza de mate cocido, pan casero, queso y miel”, de esa pluma inquieta de la Profesora Raviol.

Recordemos que María Liliana Raviol es Profesora de Matemática, egresada del Profesorado de Matemática y Física de la Escuela Normal de Concepción del Uruguay. Trabajó en la Escuela Secundaria “Dr. Delio Panizza”, de la localidad de Villa Clara, en la Escuela Agrotécnica “Justo José de Urquiza”, de la ciudad de Villaguay, y en la Escuela “Bartolomé Mitre”, también de Villaguay. Su trayectoria en la docencia, desde su formación hasta su jubilación, está colmada de hechos, gestos y actitudes admirables, que desfilan en esta obra, seguramente como un gran reconocimiento a quienes este sendero con ella transitaron.
“Mi escuela, la agro querida. Son tus recuerdos poesías. Hoy tu pasión es mi vida y tuyo mi corazón…”
(Ariel Esquivel, alumno de la Escuela Agrotécnica de Villaguay)



“Mate cocido, pan casero, queso y miel” nos introdujo en el maravilloso mundo infantil de Liliana, con relatos que constituían un valioso homenaje a sus seres queridos, en especial a sus abuelos. Sin embargo, la sensibilidad de la autora, y el compromiso con sus afectos, la llevó a seguir escribiendo… ¡Quedaba tanto por compartir!

Recuerdos de sus días en Villa Elisa, ciudad a la que, niña aún, debió trasladarse junto a su hermana para completar su escolaridad, su etapa de profesorado en Concepción del Uruguay, un anecdotario de su profesión docente; y los mágicos “Cuentos de la tía Lili para los sobrinos nietos”. La obra presenta, además, textos de escritores a quienes, gentilmente, Liliana les ha brindado un espacio, y que se vinculan con la temática que aborda ella en forma constante, con ese tono tan peculiar, cargado de melancolía.
“Mi vida no hubiera estado completa sin mis hermanos, sobrinos, sobrinos nietos, amigos, con los cuales dejé volar mi imaginación. Me hicieron crecer con sus ocurrencias, leer y leer cuentos, crear otros, en horas de siesta en la enorme galería de la casa de campo”.
(Liliana Raviol)

“El maestro deja una huella para la eternidad; nunca puede decir cuándo se detiene su influencia”.
(Henry Adams)

Tuvimos el placer de, nuevamente, dialogar con Liliana Raviol, quien nos manifestó toda su emoción por lo vivido durante la jornada de presentación de su nuevo libro, en su amada Colonia Hocker. “Me acompañó la gente y me acompañó el tiempo” -nos decía con enorme satisfacción-. Familiares, amigos, compañeros docentes, una comunidad que ha compartido este momento tan particular en la vida de la autora, y en la vida de esta localidad, cuyos vecinos se comprometen por hacerla cada día mejor.

Con una gran generosidad, Liliana ha obsequiado muchos de los ejemplares, porque son sus deseos que la gente lea y, con orgullo nos contaba que de a poquito lo va logrando: “Grandes y chicos hoy leen en Colonia Hocker”. En relación con esta decisión, nos hizo referencias a la obra de su hermana, Adriana -fallecida-, docente y directora de la escuela primaria de la colonia, quien por medio de un proyecto con el gobierno nacional, había creado una biblioteca para las diferentes colonias de la zona, y todos los jueves, organizaba jornadas de lectura, en un clima muy ameno, sin que faltara, obviamente, el mate; si alguna persona no sabía hacerlo, ella les leía. Era una bellísima biblioteca que, ante determinados cambios, quedó detenida.
“Cada libro tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él”.
(Carlos Ruiz Zafón)

Nos hablaba Liliana de su gran satisfacción al ver cómo hoy leen los niños; y a quienes aún no han aprendido, les pide que miren el libro y les va contando lo que ella escribió. Con regocijo nos hablaba de tres niñas, de 6 años, que ya le han manifestado sus deseos de escribir cuentos.
“Para los niños trabajamos, porque los niños son los que saben querer, porque los niños son la esperanza del mundo”.
(José Martí)

Hoy Liliana Raviol continúa ese grandioso propósito de incentivar la lectura, en particular entre los vecinos que viven en el campo; algunos de ellos -nos decía- concurrieron a la presentación del libro, cuando se trataba de algo que jamás ellos habían podido vivenciar.

En “La segunda taza de mate cocido, pan casero, queso y miel”, desfilan miles de protagonistas de aquella vida apacible de Colonia Hocker, una vida con esfuerzo, con limitaciones, con renunciamientos, porque el lugar estaba distante de todo, y no existían los medios y recursos del presente; sin embargo, tenía todo el encanto de una comunidad rural, donde mucho se compartía, donde en cualquier circunstancia afloraba la solidaridad, el compromiso con el vecino, con el amigo, donde la persona no se iba del todo, dejaba una huella, imborrable, y hoy recibe el merecido reconocimiento en la palabra de Liliana, cuya historia rescata y comparte.

Aparecen aquí, además de los miembros de su familia, personajes de aquella época dorada, anécdotas graciosas de algunos de ellos, como de Guachapito, quien cansado del sonido de la cosechadora, un atardecer se acercó a ella y le dio varios “guachazos”; de Juan Avalos, que se acercaba a la ermita de una virgencita y se llevaba las monedas que sus fieles le ofrendaban.

También Liliana presenta a Adela, la catequista que preparaba a los niños para recibir la Primera Comunión, y que también enseñaba corte y confección; un capítulo para Julia, con varios relatos de historias y leyendas “que no se encuentran en los libros”, solo en su memoria impecable, como sus lecturas en la escuela primaria, la persona de una maestra a quien acompañaba a entregar mercadería a familias muy pobres.
“Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad”.
(Albert Einstein)


Al hacer referencia a la tarea de escribir, nuestra interlocutora nos expresaba que para ella “escribir es como una necesidad, una liberación”. Cuando sale a caminar, piensa, reflexiona, y ahí va surgiendo todo lo que después vuelca sobre el papel. A veces le sucede que en alguna instancia de diálogo, alguien le dice un nombre, un lugar, algo, y ella viene a su casa y lo escribe, como “una chispita que viene por un camino inesperado”.

“Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado, un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora”.
(Proverbio hindú)
Para finalizar…
“La Segunda taza de mate cocido, pan casero, queso y miel”, una vez más los cuatro sustantivos que huelen a campo, a niñez, a hogar, a manos laboriosas que con mucho amor preparan esa merienda, sabrosa por su gusto, pero mejor aún, sabrosa por todo lo que se comparte; un trabajo en equipo de adultos comprometidos con lo que hacen, comprometidos con quienes quieren, comprometidos con su lugar; y un puñado de niños felices, para quienes, en ese mágico instante, jugar era prioritario, y probar esas delicias, el momento sublime.
Y más allá de la merienda, Liliana Raviol nos introduce en el atractivo mundo rural, en tiempos en que los adultos se sumergían en el trabajo arduo que el campo exigía, con el fin de alcanzar para su familia el progreso; para cada persona, la dignidad que el trabajo ofrece; en tiempos en que la infancia derrochaba travesuras, espontaneidad, inocencia, y para hombres y mujeres se convertía en la esperanza de un mundo mejor, por ello, y para ella, la educación, los cuidados, los mejores ejemplos.

Liliana Raviol, docente y escritora, hija de Colonia Hocker, de la que debió partir para cursar sus estudios, pero a la que volvió, y pudo revalorizar todo aquello que de niña había vivido. De ahí historias, algunas vividas, otras escuchadas; recuerdos que nunca la abandonaron; relatos que fueron surgiendo, de familiares, vecinos, colegas, amigos; dedicatorias que consideró oportuno realizar a personas caras a sus sentimientos, a quienes junto a ella peregrinaron y una huella le dejaron. Todo sirvió para que esta excelente escritora pudiera llenar nuevas páginas y naciera así “La Segunda taza de mate cocido, pan casero, queso y miel”.
Gratitud eterna a Liliana, por su amabilidad, por su gentileza, por sus palabras expresadas con calidez siempre, por la nobleza de sus gestos. Por habernos permitido compartir su obra, y ayudarnos en la producción de este artículo.
Texto y selección de fotografías: Prof. Nélida Claudina Delfin





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