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3 de diciembre de 2022

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Lee desde otra perspectiva

Cómo superé la neumonía bilateral por Covid

El 14 de junio mi hijo sintió algo de cansancio generalizado. Le dije que se hiciera un hisopado para confirmar o descartar Covid-19. Así que se hizo la prueba y el 15 de junio le confirmaron el resultado positivo. Me preocupó muchísimo porque no estaba vacunado. En cambio, yo sí tenía una dosis de una vacuna contra el virus, por lo que imaginé que de contagiarme iba a sentir sólo síntomas leves, como decían los expertos.

El contagio

El 18, durante el día, sentí mucho cansancio, uno de los síntomas típicos. Para ese entonces, mi hijo no manifestó ningún otro síntoma desde la detección del Covid.

El 19 de junio empezó a subirme la temperatura y llegó a 38 por lo que pensé, no puede ser otra cosa que coronavirus porque no recordaba haber tenido fiebre en mi vida. Tomé un ibuprofeno de acuerdo con las recomendaciones de quienes hacían seguimiento telefónico y traté de hacer reposo. Durante los días que siguieron la temperatura no cedía, pero tampoco aumentaba mucho, creo que gracias a los medicamentos. También se me descontroló un poco la presión arterial y las pulsaciones. Una enfermera encargada de hacer seguimientos a diferentes personas contagiadas, me explicó que no era necesario hisoparme porque, si había estado en contacto estrecho, se consideraba que tenía Covid.  El día 22 de junio me sentí mucho mejor por unas horas, me había bajado la fiebre, a punto tal que pensé que ya me estaba recuperando por completo.

Apareció la neumonía bilateral por Covid

Al día siguiente de la supuesta mejoría, el 23, sentí dolor de espalda y mucho malestar de estómago. La saturación de oxígeno empezó a bajar por lo que fui a recibir atención, por consejo de mi médico particular, en el lugar preparado para los contagiados por el virus.  Me hisoparon, me tomaron la temperatura, la saturación de oxígeno y me entregaron un medicamento para el malestar estomacal. Finalmente me dieron un turno para que vuelva a control el 28 de junio.

A mi madre, que también se había contagiado, la internaron el 24, después que se sintiera bastante mal. No la pude ver, no me pude despedir.

 El 25 la temperatura se mantenía prácticamente igual a pesar de los antifebriles, el malestar estomacal seguía y la saturación de oxígeno bajaba cada vez más.  El 27 de junio mi hijo me llevó a la guardia de un sanatorio. Respiraba con muchísima más dificultad, me dolía demasiado la espalda y el malestar estomacal no daba tregua. Me pusieron suero por dos horas, me recetaron corticoides, antibióticos, antifebriles y más medicamentos para el estómago. Además, la doctora me explicó que probablemente la saturación de oxígeno era baja porque podría tener mala circulación en los dedos. También me dijo que no era necesario que vaya al día siguiente a control porque con los medicamentos iba a mejorar. Volví a mi casa. Al día siguiente amanecí peor.

El 29 de junio mi hijo me llevó al hospital nuevamente. Sentía que no podía avanzar porque no me llegaba nada de aire a los pulmones, el dolor de espalda era fuerte y el malestar de estómago seguía. El oxímetro mostraba 87 de saturación. Me pusieron una máscara de oxígeno y me hicieron una placa: Tenía neumonía bilateral. Por este motivo me sugirieron la internación.

La noche del 29, a pesar de la máscara de oxígeno y el suero, seguramente con medicamentos, seguía sintiéndome mal. Entonces pensé que si me intubaban ya no saldría. Por eso, por mensaje de texto, le di a mi hijo todas las instrucciones sobre cómo reservar dinero para el sepelio en caso de que no sobreviviera. Estaba preocupada por él, porque tenía que hacerse cargo de todo y por mi madre que estaba en terapia, ya intubada.

En la madrugada del 30 de junio, al principio, no podía dormir. Después dormité un rato, no sé bien cuánto tiempo, pero en un momento determinado me desperté desesperada por la falta de aire, a pesar de la máscara de oxígeno. Estaba totalmente ahogada, transpirada y tenía la sensación de que me moría. Se me vino a la mente la frase de un cuento de Leopoldo Lugones que dice “la mujer sintió todos los ahogos de la muerte”, no hacía referencia a ella, si no a que presentía la muerte (de su hijo en ese caso).  Tuve la impresión de que no iba a volver a respirar sin máscara, que no iba a recuperarme. Me senté en la cama, levanté los brazos intentando, casi en vano, hacer entrar más aire a los pulmones y volví a acostarme.

Un modo distinto de orar

Recordé entonces lo que decía el libro “Secretos de un modo de orar olvidado” de Gregg Braden. Se plantea que el modo de orar no consta de palabras ni de expresiones externas, se basa solamente en sentimientos. En lugar de vernos impotentes y necesitados de pedir ayuda, nos invita a sentir como si nuestra plegaria ya hubiera sido concedida. Dice que “cuando rezas para que algo ocurra estás sintiendo que no existe ese algo en ese momento”. Por ejemplo, si digo, Dios que haya paz, lo que estoy diciendo es que en ese momento la paz no está ahí. Es decir: suplico por algo, pero estoy proyectando justo lo contrario a lo que mi plegaria pide. Lo mismo pasa con los pedidos de sanación. No solamente en el libro, también pueden encontrar un video en YouTube donde el ingeniero Braden cuenta la experiencia con el amigo nativo que le explica por qué: “Si rezas para que llueva, nunca lloverá”.

Intenta sentir el aire puro que se
puede respirar entre estos árboles.

Entonces, este modo de oración, a diferencia de un ruego en el que somos impotentes, propone que sintamos el resultado de nuestra oración como si fuésemos partícipes de esa salud, tal como lo sugería también el físico teórico John Wheeler. Porque si no sentimos parte de lo que vemos, si no sentimos salud en nuestro mundo o salud en nuestros seres amados, estamos dándole poder a la sensación de enfermedad para que nos responda como un espejo.

Sobre la base de estas afirmaciones decidí hacer el ejercicio de ver mentalmente que no había neumonía bilateral, muy difícil cuando uno tiene una máscara de oxígeno y le cuesta demasiado respirar. Esa madrugada empecé a concentrarme, por horas, en imaginar mis pulmones sanos, llenos de aire. Me veía en medio de un campo levantando los brazos, inhalando y llevando oxígeno a los alvéolos, a mi corazón y de ahí a todo mi cuerpo. También, cada hora u hora media aproximadamente, tomaba un vaso de agua mineral y me imaginaba que me purificaba toda la sangre.

Camina por el campo y llena de aire los pulmones.

Tradicionalmente, dice Gregg Braden, nuestro cuerpo empieza a responder y en tres días pueden verse los resultados, dependiendo quizás de la dolencia.

Éramos dos mujeres en la sala, casi de la misma edad. Pero mi compañera de cuarto durante el día prácticamente no se movía, casi no tomaba agua (cuestión que me preocupaba) y a veces tenía la mano puesta sobre la máscara de oxígeno.  Solo se levantaba un poco para ingerir alimento en el momento en que lo traían los enfermeros. 

El 30 de junio yo seguía inapetente pero igual intenté comer algo. Por la tarde retomé los ejercicios de mentalizarme que mis pulmones estaban sanos, y los continué por la noche entre períodos de sueño liviano. Solo me desconcentraba de vez en cuando, porque desde una sala que parecía no estar tan lejos, una joven internada también con Covid, gritaba, por momentos con desesperación. Además, desde otra habitación que parecía más lejana, se escuchaban los gritos de un hombre. Cuando le pregunté a una de las enfermeras que llegó por la noche, por qué gritaban, me dijo que la chica estaba con síndrome de abstinencia por el consumo de drogas y el hombre por el alcohol. Yo me preguntaba cómo podían gritar si con la neumonía no se podía ni respirar.

Los controles de presión, pulsaciones, glucosa, temperatura y saturación de oxígeno rutinarios se hacían por la mañana, al igual que la visita de los médicos y kinesiólogos, aunque durante el día se continuaban con los controles dependiendo de las dolencias crónicas de cada paciente.

El 1 de julio, una hora después que me desperté, me midieron y me informaron que todos los valores ya estaban bien, excepto la saturación de oxígeno que sin la máscara bajaba.

 Ese día tuve un cambio: empecé a sentir apetito, para mí fue el síntoma más claro de recuperación. Durante esa mañana vinieron las doctoras y después los kinesiólogos para ayudarme a hacer ejercicios de respiración, terriblemente difíciles porque cuando tenía que respirar profundo no podía y me daban ataques de tos. También me hicieron una placa para ver la evolución de la neumonía en los pulmones.

Le pedí a mi hijo que me enviara un libro y auriculares. Por la tarde decidí sumar a los ejercicios mentales, audios de música suave y de meditación. Tenía el celular lleno de mensajes, pero una terrible negación a comunicarme con el mundo a pesar de que sabía que era gente que se preocupaba por mí. Hice el esfuerzo de responder a algunos.

Entrada la tarde, casi de noche, sentí a un joven que pasó por el pasillo; lloraba y gritaba que no quería morir. Después me contó una enfermera que tenía 18 años y estaba solo, desesperado por su situación: Lo iban a intubar. Le explicaban que la intubación era para que se recupere. Creo que el chico pensaba igual que yo, que de esa situación no salía o salía muy mal. Finalmente, no sé qué pasó con él. Pero en ese momento lloré. No por mí, por él, porque pensé en el miedo que tenía, en su desesperación y en su edad. Creo que tuve un terrible ataque de empatía al tener yo también un hijo tan joven.

Durante esa noche repetí lo de la noche anterior. Entre períodos de sueño, instalé en mi mente con toda la fuerza que pude que mis pulmones estaban sanos, y me veía en el campo ya sintiendo el aroma de flores, como si fuese primavera.

Inhala profundamente y con la mente hasta podrás oler el perfume de las flores.

Al día siguiente, el 2 de julio, mis brazos ya estaban cubiertos de hematomas porque no podían encontrar la vena por la que pasara el suero. A pesar de eso, me dio la impresión de que mi convencimiento de buena salud también se había contagiado a las doctoras que me vieron mejor. Seguía con la máscara de oxígeno, pero cuando me la sacaba podía soportar más tiempo sin ella, principalmente para higienizarme. Pregunté por el resultado de la placa y por el alta. Me dijeron que la neumonía bilateral seguía ahí, estable aparentemente, pero que iban a tratar de darme el alta si mi hijo, con el que se comunicaban telefónicamente, conseguía un tubo de oxígeno para tener en casa.  Ese día, por momentos leí, además hice meditación usando los audios y también repetí el ejercicio de sentir los pulmones sanos, hasta la noche.

Pasaron los tres días

El 3 de julio, alrededor de las nueve me dieron la noticia del alta. Mi hijo había conseguido un tubo de oxígeno. Pero me advirtieron que la internación seguía en forma domiciliaria. Debía hacer reposo y usar el tubo cuando la saturación bajara.

Esa mañana preparé todas las cosas y me senté a esperar, todavía con la máscara puesta, a que me buscaran. Mi compañera de sala seguía igual, en la misma posición que el primer día. Con ella solo hablé un poco al principio cuando llegamos. Estaba convencida de que su estado se debía a la vacuna que le habían puesto unos días atrás y repetía que nunca más se iba a volver a vacunar.

Cuando volví a mi casa me propuse seguir haciendo todos los ejercicios. Aunque me angustiaba la situación de mi madre y quería recuperarme lo antes posible para ir a verla.

Pero me apareció un nuevo problema. Un malestar intestinal terrible. Sentía que tenía los intestinos destrozados. Mi médico particular me dijo que era una secuela del coronavirus y me recetó unas pastillas importadas, creo que muy buenas. De todos modos, decidí que como había hecho con los pulmones, ahora iba a concentrarme en los intestinos y en todo el cuerpo.

En los días siguientes mejoré notablemente de los intestinos, pero hubo momentos en los que me subió de nuevo la temperatura y me bajó la saturación por lo que tuve que usar el tubo de oxígeno, aunque creo que se debió a que no respeté bien el reposo. Tomé más paracetamol por recomendación médica, pero llegó un día en que quedé toda amarilla. Así que le di fin a los medicamentos. Seguí tomando mucha agua, hice todo el reposo posible y me imaginaba durante el mayor tiempo de concentración posible el siguiente ejercicio:

Cuando inhalaba, dejaba unos segundos el aire adentro y veía cómo el oxígeno recorría un órgano o una parte de mi cuerpo que, al mismo tiempo, lo imaginaba totalmente sano, luego exhalaba. Después repetía el ejercicio con otro órgano. Cuando terminaba de recorrer todo el cuerpo desde la cabeza hasta los pies, o viceversa, daba por terminado el ejercicio. Lo hice dos o tres veces al día, por un tiempo.

Instalate mentalmente en el lugar donde se respire oxígeno y paz.

Cuatro días después, el 7 de julio me amanecí mejor por lo que decidí que al día siguiente iba a visitar a mi madre a la terapia. Pero, por la tarde, nos informaron que había muerto. Ella había permanecido la mayor parte del tiempo intubada y sedada. Fueron días muy tristes.

Un mes después, cuando ya me sentí bien, me hice todos los estudios post-covid. Los análisis de sangre, las placas, los estudios cardiológicos y la tomografía de tórax dieron como resultado que no había secuelas del virus. Solo quedaba algo de líquido en el extremo inferior de los pulmones que desaparecería con el pasar de los días.

A pesar de que, como dice Gregg Braden, no se ha demostrado con certeza todavía que tenemos una fuerza energética en nuestra mente; pueden creer, o no, que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, y que podemos emplear ese poder para mejorar y hasta sanarnos. Aunque estimo que es fundamental el control emocional para poder orar de esta forma porque frente a una gran ansiedad o una depresión presiento que no se llegará al resultado esperado.

Pueden dejar preguntas en los comentarios al final de este artículo.