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12 de julio de 2024

revistaalmas.com

Lee desde otra perspectiva

Un pequeño poblado y una estación que lucha por quedarse

Eucaliptos, pinos, espinillos, durazneros, variedad de plantas con flores, huertas, nos inundan de múltiples tonalidades y fragancias, que nuestros sentidos anhelan percibir, quizás agobiados del sabor citadino de cada día.

COLONIA SAN JUSTO – ESTACIÓN ISTHILART

Dista Colonia San Justo unos 36 km aproximadamente de la ciudad de Concordia, por la Autovía Ruta Nacional 14, hacia el norte; se accede por la Ruta Provincial 28. El campo refleja en su transitar toda su producción agrícola, avícola y ganadera. En la imagen de la portada vemos el obsequio de la naturaleza en San Justo: el espinillo que atrae por sus brillantes flores amarillas, de uso medicinal, además de ornamental.

Actitud serena, mirada tierna, casi al borde de la calle, descubrimos este ternerito con sus ojitos que emanaban cierta complacencia ante nuestro paso.
La flor del durazno, que según creencias populares, trae vitalidad y prosperidad al hogar.

En cada visita, los animales no dejan de sorprendernos. Al ganado vacuno y equino, muy característico de estas regiones, se suma el ovino, en mayor medida que en otros pueblos; y el caprino, al que mucho no podemos registrar porque se trata de un ser huidizo, que al descubrir nuestra presencia, dispara y arrastra consigo a todo el rebaño. No así las ovejas, al menos en esta zona, que permanecen absortas, con penetrante mirada, imperturbables.

Presencia de cabras en el lugar, mamíferos ágiles, adaptados a saltar y escalar.

En cuanto a las aves, por un lado, descubrimos en la antigua Estación Isthilart -que forma parte de la colonia- una superpoblación de patos, junto a las vías del ferrocarril, como si se tratase este de su hábitat preferido, y desde allí deambulan, agrupados o en filas, por diversos espacios, con total independencia del resto de los pobladores.

Bandada de patos que transita las vías del ferrocarril.

Por otro lado, el ñandú camina lentamente a veces, y otras corre por esas vastas extensiones de campo; en oportunidades, a gran velocidad, ya que sus patas son fuertes y parecen adaptadas para la carrera. Su cuello largo le otorga una gran prestancia como si avanzara haciendo alarde siempre de su marcha.

El ñandú: su nombre significa “araña”, en guaraní;
porque cuando abre sus alas parece una araña en su tela.

El corazón del poblado lo constituye la Escuela N° 39 “José María Paz”. Se encuentra en la Ruta Provincial N° 28. Cuenta con los niveles educativos inicial y primario. Y tres docentes: la directora, con el segundo ciclo a cargo, una docente para el primer ciclo, y una para el nivel inicial. Concurren allí 23 niños, la mayoría del lugar, y algunos que vienen de la cercana localidad de Los Charrúas. Al finalizar el nivel primario, los estudiantes tienen la posibilidad de asistir a la Escuela Secundaria N° 13 “Azahares del Ayuí”, de Colonia Ayuí, cuya distancia es de 12 km aproximadamente.

Una de tantas escuelas rurales, que en cada niño y adolescente que transita sus aulas, va dejando una huella significativa e imborrable.

La estación de antaño

La Estación Isthilart se ubica dentro de la jurisdicción de la junta de gobierno de la colonia. Pertenece al Ferrocarril General Urquiza y actualmente circulan por el lugar solo trenes de carga. Se conservan numerosas casas que la empresa había otrora construido para el desempeño de sus funciones, y se han convertido hoy en viviendas privadas de personas que se han ido asentando en el sitio.

Unidad carguera en su paso actual por la Estación Isthilart.

Se observan restos de formaciones ferroviarias, descuidadas, prácticamente desgastadas en su totalidad; no obstante siguen ahí, como resistiendo aún al paso del tiempo, como si caprichosamente se han quedado para que conservemos por siempre en la memoria colectiva esa noble maquinaria que unía poblados, que trasladaba a trabajadores y visitantes de una estación a otra, que generaba un gran revuelo cuando con su particular sonido la locomotora anunciaba su proximidad.

Si la comunidad era muy pequeña, el ferrocarril instalaba el llamado “apeadero”, una parada de ascenso y descenso de pasajeros, común en las zonas rurales de nuestra provincia.

Arribos y partidas, sueños y decepciones, alegría y tristeza, certezas y dudas, esperanza y desaliento, un poco de todo se percibía allí, donde por unos segundos se detenía la vida, hasta que ese gigante retomaba su marcha. La melancolía nos vuelve a ganar la partida, cuando del tren se trata. Porque casi todos tenemos, en algún lugar, algún recuerdo de la antigua estación del ferrocarril.

Y después…

Antigua formación de un tren carguero que transporta nuestros recuerdos a una época de esplendor de este medio que comunicaba pueblos y comunas.

Y allí sigue la vida cotidiana, quizás diferente desde que el tren se marchó y hubo que reacomodar cosas, porque entendemos que ningún otro medio de transporte ha podido suplir el valioso rol del ferrocarril.

Caminos vecinales, que conducen a establecimientos ganaderos, y cuyo transitar en muchos casos depende de las inclemencias del tiempo.
 

Hoy, otras son las actividades que sostienen la economía de los habitantes de la colonia y de la estación. En el campo, en aserraderos, cada uno donde las oportunidades vayan surgiendo, con empeño y sacrificio, lucha para superarse día a día.

Texto y fotografías: Prof. Nélida Claudina Delfin