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28 de septiembre de 2021

revistaalmas.com

Lee desde otra perspectiva

¿Cómo lidiar con las rebeldías de los adolescentes?

Cuando llega un hijo a la casa, la vida nos da 20 años para prepararlos y dotarlos de las capacidades con el fin de que, cuando sean primero jóvenes luego adultos, sepan manejarse en la vida. Y hay que prepararlos con todo lo que tienen los padres para hacerlo, sus capacidades, sus dones y cualidades. La comparación con un escenario que hace Antonio Ríos, médico psicoterapeuta español, es muy apropiada para dar una visión de la función de los padres en las primeras etapas de la vida. Dice que los padres están 20 años en un escenario actuando como coprotagonistas con su hijo, primero llevándolo en brazos, luego de la mano, estando muy pendiente de que no se caiga, después jugando con él, estando con él, muy atentos. Luego van apareciendo los amiguitos, juegan en el parque mientras la madre está mirando, vigilando, supervisando. Más tarde llegan los amigos en la preadolescencia, y ya no quieren que aparezcan los padres. De a poco, los padres tienen que ir hacia atrás, tomar distancia. Cuando llegan a los 20 es el fin de los padres como coprotagonistas, ya cumplieron su rol educador; ahora tienen que irse de ese escenario de la vida a las bambalinas, entre las telas, y ahí se quedan diez años más, porque son como la figura del antiguo apuntador quien tenía el guion y estaba entre las telas. Y el hijo puede acercarse para preguntarle ¿cómo era esto? y desde ahí el padre lo puede asesorar, pero no puede salir más al escenario con él. Después, alrededor de los 30 debe ir más abajo, a los camerinos y desde allí oír los aplausos a su hijo, escuchar sobre los éxitos o los fracasos de la vida. Finalmente, cuando baje del escenario podrá encontrarse con él, de treinta y pico de años, y sentirse orgulloso de que le vaya estupendamente bien.

El nuevo rol de los padres

AHORA comienza una etapa difícil: la adolescencia. A partir de los 14 años, los padres deben tomar algo de distancia en el escenario de la vida adolescente. Los adultos tienen que tratar de asumir un nuevo rol: el de irradiar y contagiar lo mejor de ellos mismos y no mandar, marcar y juzgar tanto las nuevas actitudes que los jóvenes manifiestan.

Los miedos en la etapa de los 14 a los 21

El miedo ahora es al CAMBIO, y es tan fuerte que todo se transforma: el cuerpo se modifica por los cambios hormonales propios de la edad; la manera de mirar al otro sexo pasa de la indiferencia a la obsesión; el futuro es visto como un misterio lleno de peligros; la autoestima decae o se exagera para ocultar los miedos y las inseguridades. los padres dejan de ser modelos de bondad y autoridad y se vuelven extraños, feos, desagradables y distantes. Frente a esta actitud, los padres sienten impotencia. Es importante recordar siempre que la adolescencia algún día termina.

       Los jóvenes necesitan tomar distancia afectiva y efectiva para su autoafirmación; a veces será más violenta la manera en que lo hacen, pero siempre es necesario y normal.

     Dice Roberto Pérez en su libro Las etapas de la vidaEl verbo más difícil de conjugar en esta etapa es esperar. El secreto es no invadir.

¿Te pasa algo?- Es una pregunta que suelen repetir los padres, pero el secreto es no invadir.

Los miedos de los adultos son los que invaden y crean irritación en los jóvenes, y esto, a su vez, provoca la reacción de alejamiento no deseada.

El proceso evolutivo de todos los adolescentes es el mismo.  Pero lo que sucede a cada uno en particular depende de la personalidad de cada chico. Ellos van creciendo en opinión y criterio propio.

Las personalidades a las que nos enfrentamos

En el abanico de personalidades hay un extremo que es la personalidad rebelde. Por ejemplo, los chicos impulsivos que no piensan, no reflexionan antes de hablar, que tiran cosas al suelo cuando se les dice que no, y se enojan con mucha facilidad. Y entre los más extremistas aún se encuentran los conflictivos y agresivos. En el extremo opuesto están los sutiles, los que no crean problemas porque a todo dicen a todo que sí, pero generalmente no cumplen con nada. Dejan contento a los padres, porque así no preguntan y no se enteran de lo que hacen, ni a dónde van. Y existen también las personalidades intermedias, que dependiendo de la situación se inclinan a ser más rebeldes o más sutiles.

Los estados emocionales cambiantes son propios de las inseguridades y los miedos de esta etapa.

Es una etapa de grandes cambios físicos, psicológicos, emocionales, sexuales e intelectuales. Todas estas transformaciones producen una gran inseguridad y esta los lleva a fluctuar y muchas veces a ser incoherentes. A veces quieren una cosa y al mismo tiempo quieren otra. El adolescente va a decir lo que piensa en cuanto a lo que quiere, a lo que cree, pero no lo que siente.  Por eso sus expresiones son contradictorias. “No me preguntes tanto”, “no te metas en mis cosas”, etc. El adulto entonces deja de preguntar, pero es cuando el adolescente le dice “Como no te preocupas por mí…”. Quiere decir con esto que no quiere que le pregunten pero sí que los padres se interesen por él, que se preocupen.

Cuál es la actitud adecuada a seguir frente a estos cambios?

«Darles seguridad significa que los padres estamos bien plantados, mostrándoles que somos consistentes e íntegros. Nuestros hijos no nos quieren perfectos, sino que quieren que luchemos día a día por ser felices y que seamos coherentes como personas. No quieren que no nos equivoquemos nunca, sino que les enseñemos a levantarse, mostrándoles como nosotros lo hemos hecho. El arte de no perder las ganas es la clave de ser padres. Los jóvenes que ven al adulto quejoso y aburrido, descreído y desganado sienten que es mejor prolongar la adolescencia, dado que “ser adulto es un drama”, dice en su libro el investigador Roberto Pérez.

El diálogo con los adolescentes

Esta palabra es decisiva en el vínculo con los adolescentes. No se trata de protegerlos y encerrarlos, sino de decirles y hacerles sentir la siguiente frase: “podés contar conmigo”. Esto está intrínsecamente relacionado con el valor de esperarlos, mostrándoles nuestra incondicionalidad para acompañarlos con respeto. El secreto está en el valor de escucharlos.

Dialogar no es hablar; es hacer sentir al otro que es realmente escuchado. Dos personas dialogan cuando ambas se sienten escuchadas. En el rol de padres, la clave es ayudarlos a que se expresen y que interpreten ellos mismos lo que les pasa. Nosotros somos guías (faros), no consejeros de nuestros hijos; nunca debemos dar un consejo sin antes pedir permiso (aunque creamos tener el derecho de hacerlo). Es un principio ético que ayuda a cumplir la siguiente verdad: El mejor aprendizaje es el propio descubrimiento.

El momento que se comparte con el adolescente puede ser único, casi irrepetible. La clave es dejarlos hablar sin interrumpir.

Sucede muchas veces que un adolescente, mientras su madre o su padre realiza alguna tarea del hogar, decide acercarse a conversar. Y quizás empieza a contar algo que sucedió entre amigos, en alguna reunión nocturna o en la escuela. Es el momento de escuchar sin escandalizarse, sin acosar a preguntas (aunque asuste el tema que se plantea) porque en el momento que los padres tomen esa actitud, el chico o chica no solo dejará de hablar, sino que quizás decida nunca más compartir una experiencia con los padres o, cuando lo haga, decida mentir. Deben seguir haciendo lo que estaban haciendo y solo escuchar, agregar algunos monosílabos durante el relato, por ejemplo: ah, sí, mmm… El momento en el que decide , con confianza, compartir el adolescente puede ser único, casi irrepetible. Luego finalizar la tarea, pero sin agregar nada. Al otro día, o días después, buscará el adulto la forma de aconsejar u opinar acerca de lo que se ha enterado. Nunca el adolescente contará toda la verdad. Pero no debe perderse la oportunidad de escucharlo cuando él decide hablar.

Hasta dónde acompañar

En esta etapa les dicen a los padres que no deben ir con ellos, ni buscarlos a ningún lado porque ya son grandes y los van a poner en vergüenza. “Ningún padre va”, suelen decir. Pero cuando están en una cancha o en un escenario buscan entre el público para ver si alguien de su familia está.

Les dicen a los padres que no vayan pero son felices de saber que en algún lugar, lejos del escenario principal, están viéndolos competir.

En estos casos los padres deben acompañar siempre, pero en vez de ubicarse en la primera fila, como cuando su hijo era más pequeño, deben hacerlo lejos del escenario central. Los padres deben solo acercarse a la cancha o subir al escenario si el hijo lo pide, y abrazarlos si hacen el ademán de querer hacerlo, porque son ellos los que deciden. Seguramente si los ven, van a hacer el gesto con cara asco de “¿qué hacés acá?”, pero en realidad les gusta que su familia esté. Si los padres no van, dirán cuando sean adultos:- “Nunca me acompañabas”- y en ese momento recién algunos se darán cuenta cuánto importaba su presencia, porque se olvidan de que ellos pedían lo contrario.  Esta conducta se debe a que por un lado se siente niño y por otro, una persona grande. Un hijo desde los 14 a los 20 quiere a los padres al lado, aunque se muestre indiferente con ellos. Siempre necesitan ese apoyo afectivo. Si frente a estas actitudes de los chicos los padres hacen lo mismo, se estarían comportando como su hijo adolescente y no les estarían enseñando nada.

Cómo enfrentar los cambios de conducta y discusiones que agotan.

La función parental que es prepararlos para la vida es doble. Por un lado la función afectiva y por otro la educativa. La primera está dada por la vinculación amorosa que tiene rasgos de incondicional y es fundamental. Los hijos deben sentirse queridos y esto engloba la aprobación, el estímulo, la connotación positiva, la validación. Pero esto no alcanza, también está la función educativa que es la de la autoridad que se expresa en normas, límites y responsabilidades. Es una función de contención y de seguridad. Lo que educa hoy y siempre es el amor y la autoridad en igual proporción. “Yo soy el que más te quiere y el que más te amarga la vida” -dice A. Ríos a modo de expresión ejemplificadora. Cuando la adolescencia va llegando a su climax (suele suceder antes en las niñas que en los varones) está decidido a enfrentarse con toda la furia y hacer reclamos de toda índole frente, por lo general, a las negativas de los padres. Entonces no se les ocurre mejor idea a los padres que querer convencerlos, dialogar, hacerles ver razones. Al contrario, es el momento propicio para alejarse y dejarlo solo porque si empiezan una discusión de ida y vuelta, caerán en un conflicto agotador e interminable. Nunca hay que intentar convencerlos, no lo conseguirán. Los padres pueden decirle la opinión, siempre, porque son la figura de referencia, deben oír lo que piensan el padre y la madre, pero explicar una vez, “no podemos comprar eso porque no hay dinero” o “no puedes salir por esto” y  terminar con las explicaciones. Otra conducta (Ríos la llama conducta de tsunami) bastante típica es cuando sale de su habitación; si tiene hermanos o incluso mascotas, le pega a uno y a otro, pelea, molesta, rompe algo, voltea alguna cosa, altera el ambiente hasta que todos se enojan y luego vuelve a encerrarse en su habitación.

La habitación es el lugar donde encuentran privacidad.

Todo el tiempo están alterando la vida de los adultos, dice A. Ríos como una pelota pegando contra un frontón, provocando, haciendo cosas, diciéndole cosas hasta que los agotan. Por eso los padres no deben estar expuestos permanentemente con los adolescentes. Tomar la distancia necesaria. No indagar tanto, por ejemplo, deben hacer como máximo tres preguntas, ¿Qué tal te fue? ¿Comiste? ¿Necesitas algo?. Si el adulto sigue el interrogatorio seguramente empezará el conflicto. Y el chico o chica acusará: ¡¡¿Ya me estás controlando?!!.

No repetir las cosas constantemente, es mejor seleccionar muy bien aquello por lo que vale la pena el enfrentamiento con el adolescente. Porque no por todo vale la pena discutir.

Hay padres que tienen que aprender a no oír tanto, a no mirar tanto, a no oler tanto, porque si lo hacen siempre encuentran motivos para enfadarse. No estar tan pendiente, si sale, si estudia, etc. Tienen que ser más estratégicos. Dejarlos cuando están en su habitación y no deben preocuparse si se quedan mucho tiempo encerrados. Al contrario, es parte de su necesidad de privacidad, de intimidad.

Sí es aconsejable que no coman en la habitación. Deben acostumbrarse a comer en el lugar apropiado. La habitación puede ser el lugar para estudiar, escuchar música o estar con amigos.

¿Por qué los adolescentes bajan el rendimiento académico?

No lo hacen por falta de aptitudes, bajan el rendimiento por todas las interferencias emocionales, sexuales y sociales que aparecen en su mente durante esta etapa. Les interesa más los amigos, si se enamoran o no, si hay una fiesta, etc. y esto los consume. Todo lo demás no lo ven porque su mente está en sí mismo. Tres cosas básicamente concentran la atención de un adolescente, SU CUERPO, EL CELULAR Y LOS AMIGOS. Se concentran en cómo se ve el pelo, la ropa. Buscan modelos para compararse, a veces entre sus propios amigos o compañeros; otras veces en las redes sociales. Es importante en esta etapa que padres e hijos aprendan a negociar, es de alguna manera, prepararlos para la vida. Cuando el adolescente quiere ir a una fiesta, por ejemplo, pero tiene exámenes la semana siguiente; si la madre le prohíbe probablemente mastique su enojo y no logre concentrarse en nada. Pero si le pide al chico que frente a esa situación proponga una solución que a ella le convenza, él quizás prometa levantase temprano a estudiar, o que se quedará estudiando toda la tarde a día siguiente. Y así se termine el problema de la mejor manera. Es un gran aprendizaje porque la impulsividad nunca lleva a buen puerto, en cambio los acuerdos siempre benefician a todas las partes y son los padres que pueden iniciarlos por este camino.

Los adolescentes viven su etapa entre los amigos, las redes sociales y la búsqueda de la identidad propia.

Otra cuestión a tener en cuenta, dentro de los aprendizajes, es no caer en la tentación de resolverles la vida todo el tiempo, evitarles los problemas y los conflictos ayudándolos en exceso o aún peor, haciendo las cosas por ellos.  Comprándoles la hoja para Plástica el domingo a la noche y ayudándoles a hacer la tarea a última hora. Estudiar con ellos, buscarles la información que necesitan, entre otros muchos ejemplos perjudiciales para el desarrollo de la autonomía. El problema, siempre resuelto por alguien más, generará imposibilidad de que se enfrenten a pérdidas y frustraciones con normalidad. Es un gran aprendizaje cuando las cosas salen mal, sobre todo por errores propios, adquirir la capacidad de levantarse y volver a intentarlo. En eso consiste prepararlos para la vida.

Pero en la medida que va bajando del climax adolescente vuelven a interesarse y a motivarse por el estudio, conforme van llegando a los 20 años. Por eso, en los últimos años de la secundaria, los docentes deben impulsar proyectos para que los jóvenes se involucren en aprendizajes y puedan descubrir sus propios talentos.

A medida que se alejan del climax turbulento de la adolescencia empiezan a interesarse más por el estudio.

A esta edad empiezan a pensar más en su futuro, de a poco el interés por la búsqueda del ser gana espacio en sus pensamientos. Los adultos deben propiciar que descubran y desarrollen su talento, aún cuando no sea el esperado, imaginado o soñado, porque la felicidad es hacer lo que a cada uno le gusta en la vida. Ya hay muchos adultos deprimidos porque les anularon de una u otra forma sus propios talentos y pasan haciendo lo que no les agrada.

El aire libre como un elemento sanador

  El elemento de la naturaleza representativo de esta etapa de la vida es EL AIRE, dice nuestro filósofo Roberto Pérez. El contacto con este elemento tiene un valor sanador en el proceso adolescente, porque permite la apertura. Ejercitar la respiración, ya sea en actividades deportivas o recreativas, y estar al aire libre evita que los jóvenes se encierren y que la mente los aleje de la realidad, sobre todo en una sociedad de consumo donde muchos sitios de recreación están viciados por el humo o el anonimato propio de las actividades nocturnas. Otro factor que encierra a los jóvenes es el mundo de las redes, por el que dedican un exceso de tiempo al contacto artificial. Un filósofo decía: “Acortar distancia no significa crear cercanía”. Con esto quiere decir que la comunicación artificial nunca es igual al encuentro en un espacio abierto y cara a cara.

Las actividades al aire libre y la comunicación cara a cara entre los adolescentes favorece su desarrollo pleno.

       Por ello, la apertura con la naturaleza a través de actividades deportivas de competencia y el contacto directo con el aire puro permiten el desapego y una reflexión más elevada sobre la propia vida y el sentido de la realidad. Los jóvenes pueden salir así de lo práctico e inmediato, del aturdimiento consumista y de lo mecánico artificial para preguntarse por el significado de la vida personal y colectiva.

El sentido del tacto como valor de la comunicación verdadera.

       El sentido físico es EL TACTO. Siguiendo con la investigación de Roberto Pérez, relata que en las culturas antiguas era una etapa preciosa en la cual los jóvenes aprendían a trabajar con sus manos, hacer artesanías, trabajar la cerámica, los telares, los instrumentos musicales, etc.

El tocar un instrumento favorece el desarrollo de la sensibilidad profunda en los jóvenes.

       En su preocupación por comprender el significado de esta actitud, le preguntó a un hermano del alma de la tierra andina y le respondió con otra pregunta: “Roberto, ¿cómo sabes reconocer el crecimiento cualitativo en el noviazgo o el matrimonio?” Ante su sorpresa, riéndose, aclaró: “Aquí, en nuestra tierra, tenemos un dicho popular: Así como tocas una piedra, unos hilos o un instrumento, tocarás el cuerpo de tu pareja”. Entonces comprendió que la mejor educación para el diálogo futuro de los cuerpos en la vida de los jóvenes era la sensibilidad que desarrollamos con nuestras manos. Él, inclusive, le aclaró: “La riqueza del amor conyugal no se mide por el éxtasis del orgasmo, sino por el antes y el después…, es decir, el lenguaje de las caricias, los masajes y la ternura”. ¿No será que en la vida moderna los adolescentes terminan atrapados en “transar” y buscar goces placenteros inmediatos con sus manos en lugar de desarrollar su tacto hacia una sensibilidad profunda? ¿No será que esto degrada el valor de la comunicación verdadera entre ellos y desgasta el anhelo de vínculos más fuertes y duraderos?

       ¿Acaso no es cierto que tanto instituciones educativas como padres están más preocupados por el manejo de computadoras e idiomas y se olvidan de darles el espacio a los jóvenes para poder realizar actividades manuales creativas? Quizá sea necesario comprender la verdadera educación sexual recuperando esta conciencia de las comunidades de la tierra. Entonces nuestros jóvenes estarán más predispuestos a un diálogo de los cuerpos donde la dignidad y el amor se encuentran, sin por ello perder el hermoso placer que conlleva.

Tanto las preguntas como la reflexión final, tomada del libro de este gran filósofo, están más vigentes que nunca. La educación sexual sin tener en cuenta la comunicación y la sensibilidad profunda que conlleva ¿No terminará generando más depresión? En una sociedad donde los valores se confunden quizás sea fundamental prestar más atención a la espiritualidad para que el ser humano crezca con un sentimiento de amor profundo por la vida.

La conciencia existencial y la responsabilidad social.

       El nivel de conciencia en esta etapa es el de la conciencia existencial. Ahora los jóvenes tienen que desarrollar una actitud de atención y de crítica positiva ante la vida. El futuro lo harán ellos y deben hacerlo con entusiasmo, con ganas de salir adelante siempre. Pero, al contrario, lo que observamos comúnmente es más bien una apatía colectiva, un conformismo, que reemplazó a otra época de rebeldía virulenta, sobre todo en los últimos años de la etapa de la adolescencia. Es difícil ver en los jóvenes el deseo de involucrarse con lo social, lo político u otra actividad institucional. En la pérdida de credibilidad hacia todo lo social ha influido el descreimiento de los adultos, la actitud de crítica negativa constante y la falta de valoración hacia nuevas propuestas, proyectos o emprendimientos. En esta etapa, es fundamental despertar el valor del compromiso, de recuperar el interés por lo comunitario, comenzar a trabajar en el descubrimiento del ideal de vida que los mueve y su misión.

Los jóvenes deben sentirse responsables y formar parte del cambio para lograr una sociedad más feliz.

La conciencia existencial es ver el significado de los acontecimientos, que, si bien pueden no afectarlos directamente, los involucran como miembros de la familia humana. Padres, docentes, educadores tienen una tarea titánica: no se trata de empujarlos hacia una mayor participación, sino de invitarlos a que se sientan responsables y formen parte, deseando cambiar para bien nuestra sociedad deprimida.